En estas dos pequeñas salas se exponen objetos de ornamento personal en oro realizados con gran habilidad técnica y de diseño, por parte de los orfebres etruscos durante los diez siglos de vida de su civilización. Un gusto seguro en la elección de modelos y piedras preciosas y semi-preciosas, se acompañaba a una creciente capacidad artesanal que hacía únicos e irrepetibles en el mundo antiguo, los collares etruscos. Las técnicas más comunes eran: la fundición, el batido de láminas, la realización de hilos para la torsión de diminutas tiritas de oro, el acabado con punzones o cincel y por último, la granulación. Ésta es una técnica peculiar que permitía ejecutar esferas minúsculas, hasta alcanzar dimensiones infinitesimales (polvillo) que pegaban sobre la lámina de la joya mediante microsoldaduras, creando superficies continuas o dibujos. La exposición de las obras sigue un orden cronológico que, iniciando desde los vestigios más antiguos del s. VII a.C. (el Museo Gregoriano Etrusco no reúne ejemplos de orfebrería más antiguos), permite seguir en el tiempo, hasta la época romana, modas, costumbres y tipologías de un pueblo que ha utilizado el oro, tanto como riqueza por acaudalar, como símbolo de prestigio, tal como lo testimonia la arqueología y lo cuenta en el famoso pasaje de Diodoro de Sicilia (8,18,1):"...(los Etruscos) ocupaban una especie de supremacía en lo que se refiere a ostentación en el modo de vivir...".